Chico impasible – fragmento

Pues nada retocando viejos textos para mejorarlos y mirar de publicar…

Corría el año 1997 en Barcelona y me enfrentaba a mi primer año de instituto, lo que suponía dejar atrás la etapa de la E.G.B. para dar un paso adelante tanto en estudios como en mi camino hacia la adolescencia. El colegio  quedaba a unos diez minutos andando de casa, por lo que ir y volver no dejaba de ser un mero trámite que tenía lugar en el barrio donde me crie.

Ir al instituto suponía tenerme que levantar más pronto de lo habitual y además tener que coger el autobús número 74 cada día, para ir y volver de clase, en cierto modo era empezar desde cero puesto que tendría que hacer nuevos amigos. Siempre me he mostrado muy tímido a la par que reservado a la hora de hacer nuevos amigos, así que estaba nervioso por tal acontecimiento.

Los días fueron pasando poco a poco, y finalmente logré entender el motivo por el que todo el mundo se conocía, resultaba que junto al instituto se encontraba una escuela y la mayoría de sus alumnos daban el lógico paso de ir a ese instituto.

Al principio me quedaba sólo en la hora del recreo, comiéndome el bocata y mirando de lejos como los demás se relacionaban entre ellos e intercambiaban sonrisas y anécdotas. Fue a través de la compañera de fila, Mercedes, con la que poco a poco comencé a hablar la que consiguió abrirme las puertas para conocer a los compañeros de clase, Mercedes fue introduciéndome a su grupo de amigos, y poco a poco empecé a relacionarme con más gente.

A pesar de todo no sentía que acabara de estar a gusto, ni cómodo con la gente que Mercedes me había introducido, así que poco a poco hice el esfuerzo de ir hablando con otra gente y de ir alternando los grupos con los que pasaba la hora del recreo.

Hacía días que me había fijado en una chica, sin embargo, no sabía cómo hacer para poder hablar con ella, me daba terror dirigirle la palabra, no sabía ni cómo empezar ni que decir. Con el paso de las semanas, Teresa que así se llamaba, se convirtió en mi motivación para asistir cada día a clase. No paraba de imaginarme el momento de poder hablar con ella y conocerla, pero ese día no parecía llegar, lo que hacía que me sintiera a veces apático y sin ganas de hablar con nadie. En la hora del recreo, al final me junté con un grupo de chicos entre los que se encontraban los más populares, ya fuera por sus gracias, por ser los más guapos o por ser los más problemáticos. Estaba a gusto con ellos y pasaba buenos ratos, a pesar de ello, no dejaba de perder de vista mi objetivo de conocer a Teresa.

Teresa pasaba las horas de recreo con su grupo de amigas de E.G.B. que como ella habían decidido estudiar en el instituto anexo, Ella y sus amigas no se encontraban en mi misma clase de manera que tenía una traba más al hecho de superar la timidez para dirigirme a ella y por fin entablar una conversación.

Un buen día, caí en la cuenta de que Mercedes estaba hablando con el grupo de Teresa, en ese momento vislumbré que tenía un medio para  conocerla y por fin lograr el objetivo.

A la hora del recreo cada grupo iba a una parte diferente de los alrededores en los que se encontraba el instituto, hecho que le dificultaba saber dónde estaba cada pandilla situada, así que al día siguiente me dediqué a dar vueltas en solitario para intentar descubrir dónde se solían ubicar sus compañeros.

No logré dar con la ubicación de Teresa y su grupo, así que mi desidia crecía día a día. Le di mil vueltas y no lo entendía, así que finalmente decidí  preguntar a Mercedes acerca de donde pasaba ella la hora del recreo, puesto que tampoco la solía ver por los alrededores.

­­­—Mercedes, ¿a la hora del patio por donde te sueles mover? No te suelo ver por fuera.

— ¿Qué pasa, que me quieres controlar?

—No, no, simplemente era curiosidad, como todo el mundo se va por fuera y tal.

—Ya, bueno sí, yo a veces salgo y otro veces me quedo en el porche. ¿Sabes?

—No estoy muy seguro…

—Tío estás empanado, justo cuando entras a mano izquierda antes de bajar al gimnasio.

— ¡Ah vale! —. Exclamé sorprendido.

Y así era, justo a la entrada del instituto había una especie de porche que servía de entrada al gimnasio. Con esa valiosa información ya tenía un nuevo sitio donde tratar de buscar a Teresa.

Al siguiente día, a la hora del recreo salí a dar un paseo, tras dar un largo rodeo finalmente me acerqué a donde me indicó Mercedes, con la esperanza de encontrar a Teresa. Y así fue, localicé el sitio sin ser visto y me aseguré que estuviera allí, luego empecé a dar vueltas fruto del nerviosismo, hasta que finalmente me dejé ver me acerqué.

—Hola, ¿cómo va? —dijo Jordi con un hilo de voz.

—Hey, —respondieron todos, Teresa estaba acompañada de Mercedes y de tres amigas más.

—Pues nada pasaba por aquí…y tal, y digo pues voy a ver la zona esta y eso.

Mi nerviosismo iba en aumento, me sentía pez fuera del agua. Todo pasó cuando Teresa me dirigió la palabra, me sintió reconfortado y con energías renovadas.

—¿Tú eres el chico nuevo, no? —me preguntó Teresa  con gran curiosidad.

—Sí, bueno, a ver nuevo tampoco, bueno aquí sí, ya veo que os conocéis todos.

—Ya, es lo que tiene que todos vengamos del mismo colegio.

—Resulta curioso que todos os hayáis pasado al instituto ¿no?

—Supongo que tú aportas aire fresco entonces —Teresa esbozó una sonrisa—. Por cierto, ¿te llamas Jordi, verdad?

—Sí sí, es verdad que no nos hemos presentado.

Después de presentarnos mutuamente, Jordi fue introducido al resto del grupo. Seguimos hablando mientras el resto seguían con sus conversaciones sin prestar mayor interés en nosotros. No duró mucho más la conversación puesto que llegó el final de la hora del recreo.

Aquel día fue un gran triunfo, tenía una motivación para levantarme de la cama cada día. Poco a poco fui buscando huecos entre clase y clase para intercambiar miradas o breves palabras en los pasillos, y algún que otro día pasaba la hora del recreo con su grupo. Así pues la amistad y atracción mutua se fue consolidando lenta pero firmemente.

El tiempo pasaba y nadie era ajeno a que entre nosotros crecía algo más que una gran amistad, más nada pasaba, seguíamos buscándonos para vernos y hablar, hasta llegar al punto de que no teníamos que buscar excusas para encontrarnos. Ya era algo que formaba parte del día a día, era algo que ambos necesitábamos como el respirar. El fin del primer año del instituto llegó, días antes nos fuimos despidiendo pero sin mayor propósito que el encontrarnos el siguiente septiembre.

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