SANDWICH A MEDIANOCHE Y DESCENSO AL ABERNO

Se sentía descentrado, había perdido el rumbo y no sabía el motivo. Le había dejado muy claro que no quería nada, que sólo era un pasatiempo, pero quizás eso hacía que su empeño en apostar al caballo perdedor fuera mayor.
Sentía la necesidad de tirarse al vacío, de tener más, de querer ser posesivo, pero aquello no pintaba bien, surgió de repente, de improvisto, él no prestaba atención y le vino de golpe. Pero una vez sucedió sintió que quería más, que lo quería todo.
Mal decisión apostar por la derrota, por perder, por dejar de ganar. No entendía las contradicciones pese a estar todo muy claro, no entendía el azar. Quería ganar en la derrota, sentía que no había sido invitado a su propio entierro y que el descenso de las estrellas encima de su espalda acrecentaba su locura.
Quizás era el hecho de la dificultad o de que no había encontrado un ejemplar igual, quizás el hecho de que le rompiera los esquemas, se iba adentrando en la estupidez más absoluta, en desgastar su cabeza.
Y por un momento pensó en lo dejado atrás, pensó en las perdidas de sus compadres, pensó…, y cayó en un pequeño recodo donde estaba encendida una vela que iluminaba una estancia llena de pensamientos y de absurdas ideas, de fracasos y de decepciones. Encontró un libro abierto y pudo leer escrito la esencia de lo que pensó al empezar el viaje.
Lo volvió a leer, lo repaso, y al final se fue a dormir sabiendo que si iba a perder, sería algo que no era suyo.

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