Sintió que todo había acabado, no había más, sólo las cenizas, y aquello le hacía romperse la cabeza. Moría cada segundo un poco más, se sentía posesivo y necesitaba más.
Estaba arrojándose al vacío, como tantas veces lo había hecho. Otra vez a la rueda, a la perdición, era una carrera sin fin, un maltrecho destino que como la sombra de un veneno le crecía lentamente en su interior.
Cuántas veces le tendría que tocar perder, se sentía a gusto, y quizás era lo mejor que le había pasado hasta ahora, pero sabía que no era para él, sus destinos sólo se cruzaban de manera eventual y la desídia pedía otra vez cobijo en su lecho.
Veía como sus gestos, pensamientos, acciones, estaban condicionados y sentía que necestaba sentirse ligado y perder su independencia. Volvío a olvidar que cada uno hace su própia guerra, que no hay amigos, que todo son obstáculos y que al final sólo queda matar o morir.