Cada vez se iba haciendo más pequeño, sabía que tenía que potegerlo, guardarlo, ponerlo a refugio. Desterrarlo a una caja para que nunca nadie llegará hasta él, en cierto modo no quería puesto que ello supondría la oscuridad absoluta para siempre, pero era la única opción de evitar su desaparición.
Levantó la cabeza, cerró los ojos, respiró lentamente, y se sintió mejor.
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